
Mi amiga nos invito a comer a su casa, vivían en una de las torres más altas de la ciudad que estaba construida encima de una loma.
Había hecho obras y el piso se le había quedado precioso, mientras los niños jugaban en la habitación los hombres veían televisión y nosotras estábamos en la cocina.
Cristina y yo siempre hemos tenido una complicidad especial, la mayoría de las veces no nos hacia falta ni hablar, solo con mirarnos ya estaba todo dicho.
Desde el mirador del salón, había unas vistas impresionantes de la ciudad, el castillo de Santa Bárbara, con su perfil de la cara del moro era lo único que evitaba ver el mar en su totalidad, aun así las vistas cautivaban.
Preparamos la mesa y nos sentamos todos a comer, a mitad de la comida empezó a nublarse, se hizo casi de noche, nos llamo mucho la atención y la sobremesa la hicimos delante del mirador contemplando la tormenta que se había desencadenado, bromeábamos diciendo:
Ya puede caer lo que quiera aquí no llega el agua…
Pero según se iba desencadenando la tormenta yo comencé a dudarlo y a ponerme nerviosa, algo dentro de mi me decía que íbamos a presenciar algo que nos marcaría el resto de la vida.
Una de las veces cristina me miro y sintió mi preocupación, me dijo, estate tranquila que aquí estamos bien, yo no quería alarmarla y le sonreí quitándole importancia al asunto, pero mis ojos no se apartaban del mirador.
Jamás había visto llover de aquella forma, en un momento que aflojo la fuerza de la lluvia pude ver algo en el mar que me llamo mucho la atención:
Era como si el mar hubiese crecido, como si estuviese creciendo por momentos, me hice una señal mental en la ladera del castillo, justo a la altura de la cara del moro, así podría comprobar si los nervios me estaban jugando una mala pasada.
En el horizonte, el mar cambiaba de color, cada vez estaba más oscuro y cada vez estaba más alta esa raya…
No quería asustar a nadie, pero necesitaba saber si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, todos empezaron a decirme entre risas:
Eres única, tu y tus cosas, siempre estas igual…
Unos tres minutos mas tarde ya no fui yo la que dijo nada, el piso tembló bajo nuestros pies y la señal que yo había puesto en el castillo estaba superada con creces, una ola gigante se estaba tragando la ciudad…
La altura en la que estábamos era mucha pero, ¿Seria suficiente?
















